EFECTOS EN ALMANSA DEL TERREMOTO DE LISBOA DEL 1 DE NOVIEMBRE DE 1755 

 

El tristemente célebre terremoto de Lisboa tuvo lugar el 1 de noviembre de 1755, festividad de Todos los Santos, y fue considerado como el más destructivo de cuantos habían azotado a la Península Ibérica hasta esa fecha. En realidad fueron varios los temblores que se produjeron. Este violento seísmo tuvo su epicentro en la falla Azores-Gibraltar, a 37º de latitud Norte y 10º de longitud Oeste. Afectó intensamente a Portugal y al sur de España. Alcanzó una intensidad máxima de X y sus efectos resultaron desastrosos ya que, aparte del terremoto en sí, que destruyó la mayoría de los edificios lisboetas, se produjo como consecuencia un devastador incendio que arrasó la capital portuguesa y un maremoto que azotó las costas atlánticas de toda la Península.

Las crónicas cuentan que el Día de Todos los Santos de 1755 amaneció espléndido en Lisboa. Que las familias pudientes se fueron a pasar la fiesta a Sintra; que los menos ricos tenían encendidas velas en memoria de sus muertos o estaban en los cementerios rezando. Los grabados enseñan los barcos que navegaban por el Tajo. Detrás se adivina una ciudad caótica, apretada y soberbia, reflejo del próspero emporio comercial que era la Lisboa imperial.

Junto a las infraviviendas de la parte baja, cercana al río, y sus calles estrechas de diseño medieval, había docenas de palacios, la gran Catedral Vieja, iglesias grandes, medianas y menores, hospitales, conventos fastuosos, elegantes casas del Chiado recubiertas de azulejos. Por haber, había hasta un Teatro de la Opera, orgullo de la metrópolis.

Hacia las 9 horas y 20 minutos de aquella mañana, el Teatro Real do Pago da Ribeira, situado junto al actual Terreiro do Pago, quedó completamente destruido. Igual que el 85% de los edificios de Lisboa. En apenas dos minutos, la calma, la belleza y la riqueza de una de las ciudades más viejas y ricas de Occidente se convirtió en muerte, pánico y desolación.

El suelo tembló durante seis minutos y volvió a temblar dos veces más hasta un total de 17; la tierra se abrió en zanjas enormes; las velas produjeron incendios por toda la ciudad; los supervivientes bajaron hacia la Baixa, junto al Tajo, buscando refugio en los barcos. Un par de horas después, un maremoto con olas de entre 6 y 20 metros dejó a la vista el lecho del río e inundó la parte baja de la ciudad matando a muchos de los que se habían salvado.

Fredric Christian Sternleuw, un marino sueco, definió aquello como "...el acontecimiento más trágico que hayan contemplado ojos humanos...". Lo explicó así: "...Unas horas antes de que la tierra se abriera, comenzó el mar a crecer con rapidez increíble. La mayor parte de los barcos se desprendió de las anclas y quedó a la deriva. Finalmente, el mar subió de tal modo que muchos barcos fueron arrastrados hasta tierra...".

Sólo en Lisboa acabó con la vida de entre 50.000 y 90.000 habitantes de los 250.000 que tenía la ciudad; pero en España produjo al menos 1.275 muertos y cuantiosos daños. En Sevilla hubo nueve víctimas, dañó el 89% de las viviendas y afectó a la Giralda. En Madrid cayó una cruz de una fachada ocasionando la muerte de dos niños.

El maremoto posterior destruyó numerosas poblaciones del Algarve y afectó gravemente a las costas de Marruecos, Huelva y Cádiz. Sólo en Ayamonte murieron 1.000 personas; en Cádiz el mar rompió las murallas, invadió la población tres veces y ocasionó numerosas víctimas. Conil fue destruida, Sanlúcar de Barrameda, El Puerto de Santa María y Jerez de la Frontera sufrieron víctimas y desperfectos.

Las olas llegaron hasta Martinica, Barbados, América del Sur, Finlandia... Y la onda de choque hasta Voltaire, Kant Rousseau. Los filósofos de la Ilustración se encargaron de subrayar que aquella desgracia que muchos atribuían a un castigo divino era un desastre natural que reflejaba la fragilidad humana ante la naturaleza.

Pero aquel pensamiento laico y escéptico olvidaba la capacidad del hombre para convertir la tragedia en motor de progreso. Arquitectos, ingenieros y urbanistas, a las órdenes de políticos como el marqués de Pombal, empezaron a reconstruir la ciudad. Lisboa organizó un plan de reconstrucción basado en la austeridad, la sobriedad y la resistencia a los seísmos.

Lejos de abandonar a los heridos, el Estado tomó conciencia de la palabra solidaridad. Pombal, ministro principal del rey José I, respondió a quien preguntó qué hacer: "Cuidar de los vivos, enterrar a los muertos". Ni Dios ni el diablo tenía nada que ver con la tragedia que trajo la destrucción y, enseguida, la modernidad al país luso.

Por lo que respecta a Almansa, aquel formidable terremoto se apreció hacia las once menos cuarto de la mañana, con una intensidad de grado VI (M.S.K.) y una duración de entre siete y ocho minutos. Por ser día de Todos los Santos, los almanseños se encontraban en misa, de donde salieron al notar las primeras sacudidas. Si bien los edificios oscilaron y cayeron algunos cascotes, así como una almena y fragmentos de los muros más viejos del castillo, la parroquia de la Asunción no sufrió daños apreciables, como se desprende de la lectura del informe redactado por el alcalde mayor almanseño, según consta en RODRÍGUEZ DE LA TORRE; F. “Efectos del terremoto de 1 de noviembre de 1755 en localidades de la actual provincia de Albacete”. Instituto de Estudios Albacetenses; Revista Al-Basit número 10; Albacete, diciembre 1981; pp. 87 a 125.

 

 

Los efectos del terremoto del 1 de noviembre de 1755, tanto en Almansa como en otras localidades de la provincia de Albacete, han sido estudiado profusamente por Fernando Rodríguez de la Torre en dos magníficos artículos publicados en la revista Al-Basit, que edita el Instituto de Estudios Albacetenses, los enlaces a los mismos son:

 

Efectos del terremoto de 1 de noviembre de 1755 en localidades de la actual provincia de Albacete / por Fernando Rodríguez de la Torre

 

Nuevos documentos albacetenses sobre el terremoto de 1 de noviembre de 1755 /  por Fernando Rodríguez de la Torre

 

 

 

VOLVER A HISTORIA DE ALMANSA