BICENTENARIO DEL SAQUEO DE ALMANSA POR LOS FRANCESES

 

 

Por Miguel-Juan PEREDA HERNÁNDEZ

 

 

 

 

El próximo 3 de julio de 2008 se cumplirá el 200 aniversario del saqueo de la ciudad de Almansa por los franceses, en el contexto de la Guerra de la Independencia (1808-1814); veamos el desarrollo de los acontecimientos.

A principios de junio de 1808, el mariscal Murat decidió enviar una expedición de castigo contra Valencia, compuesta por 8.000 franceses y algunas unidades españolas, todos ellos bajo el mando supremo del general Moncey. La columna salió de Madrid el 4 de junio, para llegar a Cuenca el 11. La Junta de Defensa de Valencia intentó, sin éxito, detener a los franceses en el desfiladero de Las Cabrillas, pero éstos lograron llegar a Buñol el 25 de junio.

Los valencianos se hicieron fuertes a la salida de Quart, mientras una división de paisanos apostada en Almansa corría apresuradamente en socorro de la capital del Turia. Iniciadas las hostilidades el 27 de junio, ante la enconada resistencia de los sitiados, los franceses perdieron 2.000 hombres, razón por la que abandonaron el cerco dos días más tarde, e iniciaron su retirada hacia Almansa: “...Al amanecer del 29, don Pedro Túpper, puesto de vigía en el Miguelete o torre de la catedral, avisó que los enemigos daban indicio de retirarse. Apenas se creía tan plausible nueva, mas bien pronto todos se cercioraron de ello, viendo marchar al enemigo por Torrente para tomar la calzada que va a Almansa...”.

Todo el mundo pensó entonces que el general en jefe de las tropas españolas, conde de Cervallón, aprovecharía la ocasión para hostigar a los franceses hasta derrotarlos definitivamente; sin embargo, de modo incomprensible, éste permaneció acantonado en Alcira sin disputar el paso del Júcar a Moncey que, tras vadear el río, sin abandonar el camino real, prosiguió en dirección a Almansa: “...Moncey prosiguió su retirada, incomodado por el paisanaje, y a punto que no osaba desviarse del camino real. Pasó el 2 de julio el puerto de Almansa, y en Albacete hizo alto y dio descanso a sus fatigadas tropas...”.

Pero parece ser que el paso por el puerto de Almansa no les resultó a los franceses tan fácil como esperaban, ya que los almanseños, armados de dos cañones y varias escopetas, detuvieron su avance durante algunas horas. Esta heroica como inútil acción nos la relata Pedro Quílez en un curioso folleto publicado en 1872.

“...No tuvo Almansa muy pequeña parte en todos estos acontecimientos de la Guerra de la Independencia Nacional. A la primera noticia de haber desembarcado los franceses en Torrevieja (ya quedamos pocos hombres que recordamos aquel día), se alarmó y levantó toda la población, y presentándose en la plaza de esta siempre heroica y leal ciudad, pidió salir a su encuentro, pues aunque desiguales en número, deseaban vender bien caras sus vidas luchando con los aguerridos soldados del nuevo déspota francés. Al poco tiempo pasó el general francés Moncey en retirada de Valencia, y dejando algunos eclesiásticos sus breviarios, los estudiantes sus libros y los artesanos sus talleres, salieron al puerto, y armados de dos malos cañones y escopetas se hicieron fuertes disputándoles el paso por algunas horas; y si no consiguieron una victoria, tampoco se les podrá negar su abnegación, su valor, su patriotismo y su amor a la independencia...”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Moncey

Blasón de Moncey, curiosamente, muy parecido a la mano alada con espada desenvainada del escudo medieval de los Manuel y del antiguo escudo de Almansa.

 

Muy probablemente en represalia por este hostigamiento, el 3 de julio de 1808 la columna de Moncey entraba a saco en Almansa. Los franceses llegaron con las primeras luces del día y se dedicaron a destrozar puertas y ventanas de casas, ermitas y templos para llevarse cuanto en ellas hallaron de valor. Milagrosamente respetaron la imagen de Nuestra Señora de Belén, que se encontraba en la iglesia de la Asunción con motivo de una rogativa, y de la que únicamente sustrajeron un cetro, a pesar de tener puestas todas sus alhajas de plata, oro y brillantes.

 

 

Los almanseños, un su mayoría, lograron salvar sus vidas gracias a que, previamente, habían tenido la precaución de huir a ocultarse en los montes, aunque los que no tuvieron tiempo de hacerlo fueron ultrajados, heridos o asesinados. Las monjas agustinas se salvaron gracias a la intervención de tres soldados galos que las defendieron de sus propios compañeros. El día 4 partieron los franceses dejando a sus espaldas un pueblo devastado.

El suceso nos lo relata con todo lujo de detalles don Lázaro Romero, teniente coadjutor de la parroquia de la Asunción, que dejó testimonio escrito de ello en un libro de bautismos, "...para que en todo tiempo conste y sepa el mundo todo de las maldades, perfidias, robos y sacrilegios que los franceses an hecho y van haciendo por donde pasan...".

 

 

“Día 3 de julio de 1808, entre siete y ocho de la mañana entraron los franceses en esta ciudad rechazados de la ciudad de Valencia, con su general Moncey, saquearon toda la población, yglesias y hermitas; lleváronse cuanto en ellas encontraron.

De la yglesia mayor, se llevaron la cruz parroquial, su peso media arroba de plata de primorosa echura, los ciriales de plata, vn incensario, dos cetros, vn hisopo, unas vinageras de plata con plato, vna campanilla, cinco cálizes, un copón grande, vna cajuela primorosa, dos coponcitos para llevar el viático a los enfermos, y otras muchas cosas.

Arrojaron las Sagradas Formas en la capilla de la Comunión, las que yo recogí a otro día 4, entre ocho y nuebe de la mañana, coloqué en vn coponcito que llevé a las monjas agustinas de esta ciudad y sumí a otro día 5 de julio entre cinco y seis de la mañana. Las Formas que recogí del suelo fueron treinta y nuebe, y otras varias partículas todas pisadas.

Las sagradas imágenes tiradas y todas las ropas rasgadas y tiradas, armario y caxones todos hechos pedazos. La Virgen Santísima de Belén que a la sazón estaba en dicha yglesia de rogatiba, estaba con todas las alaxas de plata, oro y brillantes, y aunque los perbersos subieron al trono, ¿qué verían en esta Soberana Señora que no le quitaron más que el cetro que tenía en la mano, habiendo tanto en que cebar sus sacrílegas manos, y saciar su ambición? Bendito sea el Señor que ha querido sufrir los vltrages y guardar a su Santísima Madre y Patrona Nuestra para gloria y consuelo de los hijos de Almansa.

Preservó el Misericordioso Dios de estos sacrilegios la hermita santuario de dicha Soberana Señora, y su congregación de sacerdotes. Tampoco entraron en la ermita del Patriarca San José.

El convento de monjas agustinas descalzas lo guardó el Señor por vn efecto de su Misericordia, pues habiendo echado la puerta al suelo, las esposas del Señor les suplicaron con la mayor ternura que no les hiciesen daño, y dispuso S. M. Santísima que los mismos lobos se constituyeran guardias de aquellos ángeles, y no se apartaron de la portería tres de ellos hasta que se marcharon todos. Oyó el Señor las fervorosas súplicas de sus amadas esposas y las consoló guardándolas y valiéndose para ello de los mismos perbersos lobos.

Todo el pueblo fue saqueado haciendo pedazos las puertas y ventanas; todos los vecinos abandonaron sus casas, haciendas y pueblo, yéndose al abrigo de los montes con la mayor precipitación y desconsuelo. Así estubo Almansa el 3 de julio de 1808. En el día 4 por la mañana se fueron tomando el camino de Madrid; no permita el Señor volbamos a vernos en igual conflicto.

Los que, quando entraron, se iban huyendo, los mataron los franceses y no quedó maldad que no executaran. Quando los vecinos empezaron a venir al pueblo, horrorizaba ver muchos pobres muertos en las orillas, otros heridos, otros ultrajados bergonzosanente y todo el pueblo saqueado y robado por la perfidia de los franceses, siendo incalculable el daño que hicieron esos enemigos de Dios y del género humano.

Todo lo cual certifico para que en todo tiempo conste y sepa el mundo todo de las maldades, perfidias, robos y sacrilegios que los franceses an hecho y van haciendo por donde pasan.

En Almansa, a seis de julio de 1808.

D. Lázaro Romero”.

 

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