EL DIPLOMÁTICO DON JOAQUÍN ENRÍQUEZ DE NAVARRA Y  GALIANO (1819-1854). 

UN ALMANSEÑO EN LAS LEGACIONES DE ESPAÑA  EN ROMA Y WASHINGTON

   

 

 

 

 

 

 

Por Miguel-Juan Pereda Hernández

 

 

   

 

A mediados del siglo XIX, el almanseño don Joaquín Enríquez de Navarra y Galiano protagonizó una breve pero brillante carrera diplomática. Como tendremos ocasión de comprobar, su corta vida se vería marcada por muchas de las connotaciones propias del Romanticismo: largos viajes, naufragios, condecoraciones, intereses culturales, enfermedad... y muerte en plena juventud.

 

 

1. NOMBRAMIENTO DE AGREGADO A LA EMBAJADA DE ROMA

 

Don Joaquín Enríquez de Navarra y Galiano nació en Almansa el 18 de febrero de 1819, siendo bautizado el día siguiente en la iglesia parroquial de Santa María de la Asunción. Se trataba del segundo hijo varón de don José Enríquez de Navarra y Pasqual de Riquelme, coronel de Caballería y héroe de la Guerra de la Independencia por las lesiones y penalidades sufridas en el sitio de Zaragoza, y de doña Ana María Galiano Díez-Platas y González.

Como él mismo afirmaba, desde que comenzó sus estudios “...le animó constantemente la idea de emplearse algún día en el servicio de su Reyna y de su Patria...”. En 1845, reanudadas las relaciones de nuestro país con la Santa Sede, creyó llegado el momento de ver cumplidas sus aspiraciones y, el 14 de marzo de dicho año, elevó una instancia a Isabel II solicitando plaza de agregado en la embajada de España en los Estados Pontificios (todavía no se había producido la Unificación Italiana); nombramiento que le fue concedido, sin sueldo como solía ser habitual durante los cinco primeros años de carrera, el 23 de abril de 1845: “...la Reina Nuestra Señora [...] se ha dignado nombrarle Agregado sin sueldo a la Legación de S. M. en Roma...”.

   

 

2. EL VIAJE A LA CIUDAD ETERNA

 

El relato que don Joaquín nos ha dejado de su periplo a Roma merece sin duda el calificativo de auténtico libro de viajes, y merece por sí solo un tratamiento pormenorizado. Salió de Madrid el miércoles 7 de mayo de 1845 en primer asiento de berlina de la Compañía de Diligencias Generales, cuyo billete, hasta Zaragoza, costaba 200 reales. En Guadalajara, mientras comía, se entrevistó con ciertos amigos, algunos de ellos presumiblemente paisanos: Salvador Medina, Frasquito Ulloa, Miguel Galiano y Enrique Puigmoltó. Llegó a Zaragoza a la seis de la tarde del día siguiente, donde asistió a una representación de “El Belisario”, dedicando la jornada del día siguiente, 9 de mayo, a visitar la seo y la iglesia del Pilar. En esta última, lo que más llamó su atención fue una de las alhajas de la Virgen: “...que fue regalada por el Infante Don Luis, hermano de Carlos 3º; su figura es una paloma con una cruz en el centro toda de brillantes, y particularmente cinco que cada uno compone la cabeza, cuerpo, alas y cola, son de poco menos que una almendra sin cascar”.

Aquella misma noche partió hacia Barcelona en la Diligencia de Catalanes (270 reales); un largo y duro trayecto durante el cual desayunó en Fraga, comió en Lérida, cenó en Igualada, para llegar a la Ciudad Condal el 11 de mayo, domingo de Pentecostés, a las seis de la mañana. Permaneció en la capital catalana doce días, dedicándose a visitar, entre otros lugares, Esparraguera, las márgenes del río Llobregat, Montjüic, la Ciudadela, así como algunas factorías: una fábrica de algodones (hilados y tejidos al vapor), otra de tejidos de seda, y una fundición de hierro instalada en un antiguo convento que empleaba a más de 200 operarios.

El jueves 22 de mayo, a las nueve de la mañana, zarpaba a bordo del vapor Barcino, en pasaje de primera cámara que costaba 340 reales, con rumbo a Marsella, donde llegaba 24 horas más tarde. La noche del 23, asistió a una representación de “Semíramis”, dejándonos reseña y crítica tanto de la interpretación como del teatro, lo que nos demuestra su condición de auténtico diletante: “...no tuve tiempo de ver más que el Teatro aquella noche, que es bastante capaz, pero estrañé no ver en las lunetas a ninguna persona decente, la cual toda se coloca en los palcos y en el anfiteatro, que tiene seis filas de bancos, incómodos los cuatro del centro por no tener respaldo; cantaron el Semiramis regularmente, no habiendo buenos más que el bajo y la contralto, las demás partes y coros valían poco; la orquesta, buena y numerosa...”.

El domingo 25 de mayo, a mediodía, salía de Marsella en el vapor toscano Leopoldo II con pasaje de primera cámara hasta Civitavecchia (132 francos incluidos el embarque y la comida, 502 reales al cambio). El día siguiente, a las cinco de la tarde, hacía escala en Génova, cuyos habitantes no le causaron muy buena impresión, pues, mientras desembarcaba, ya le sorprendió el hecho de que le acompañaran “...en otra lancha tres muchachos, de los cuales el mayor remaba, otro tocaba un  organillo y el menor, desde la proa, pedía para los tres, y con lo cual parece se ganaban la vida...”. Nada más pisar tierra, don Joaquín pudo comprobar como los viajeros se veían “...acosados por todos lados de hombres y muchachos que se ofrecen a llevar el saco de noche, paraguas o lo que uno tiene, pretendiendo a tirones quitárselo de las manos, con lo que es muy fácil perder cualesquier efecto dejándose blandamente; a mí, quizá me hubiesen atropellado si un soldado del resguardo, viendo aquella confusión, no me hubiese socorrido...”

La mañana del 26 de mayo la dedicó el diplomático almanseño, guiado por un “...Ciceroni de los que no tienen más oficio que enseñar a los viajeros los palacios y demás objetos notables que hay en las ciudades de Italia, los cuales voluntariamente se ofrecen a los estrangeros...”, a visitar iglesias y palacios genoveses: la Anunciata, Brignole, Serra, Pallavicini, Jardín de Conde Negro, etc.

El 26, a las 6 de la tarde, prosiguió su travesía. Tras recalar en Fiorna, donde llegó a las ocho de la mañana del día siguiente, tomó el “...camino de hierro...” a Pisa, (el trayecto, de tres leguas, se hacía en 25 minutos y costaba en primera clase tres paulos, la moneda de los Estados Pontificios). 

Allí visitó “...la torre inclinada, la catedral que es una de las más hermosas de Italia; Batisterio que es una rotonda adornada por innumerables relieves y esculturas en lo esterior, y que además se está restaurando poniéndole otros de mármol blanco. En lo interior llama principalmente la atención el púlpito, adornado también con infinitos relieves de un mérito estraordinario, y sostenido por una porción de columnas, cada una de una piedra y orden distintos. En la pila bautismal se bautizan todos los niños que nacen en los contornos hasta cuatro leguas de distancia. Las puertas de la catedral son de bronce, llenas también de relieves que representan los principales pasages de la Escritura. El camposanto es otro de los objetos que llaman la atención en Pisa, que es un cuadrilongo con un pórtico todo alrededor donde se conservan muchos sepulcros antiguos de los egipcios romanos, con otra porción de cosas también antiguas como mosaicos y geroglíficos, y algunos sepulcros también modernos, de mármol, con esculturas bastante buenas. En el centro hay un descubierto donde se enterraban los pobres y cuya tierra dicen estraída de los Santos Lugares...”. Aquel mismo día, a las dos de la tarde, también en ferrocarril, regresó a Fiorna para reembarcar por los pelos: “...fui corriendo al puerto y tomé una lancha por un franco, pero cuando estaba a poca distancia del vapor que me estaba esperando, me dijo el marinero que si no le daba dos francos me volvía a tierra, y fui obligado a ceder...”.

El jueves 29 de mayo, a las nueve y media de la mañana, llegaba a Civitavecchia. Tras pasar la aduana y visitar al cónsul de España, fue a almorzar a la Fonda de Europa, “...donde pidiendo chocolate a la española me trageron una cafetera llena y una azucarera con terrones, además de una taza vacía, pero apenas lo hube probado tuve que dejarlo por el gusto a quemado que tenía y almorcé pescado...”. A la una de la tarde, salía con dirección a Roma, donde llegaba a las nueve y media de la noche de la misma jornada. Presentado el pasaporte a la policía, intentó evitar que en la aduana le registrasen de nuevo el equipaje “...gratificando al empleado que había, por ser cosa que había oído contar a otros viajeros esa costumbre, mas el empleado no entendía el francés y no pude evitarlo...”. El propio conductor de la diligencia se ofreció a llevarle hasta el Hotel por cinco francos que, tras el consiguiente regateo, quedaron reducidos a dos. Hubo necesidad de pagar también por cargar las maletas y subirlas hasta las habitaciones, “...pues aquí todo el mundo se brinda a trabajar, pero después exigen sin esceso al que no ha ajustado antes...”. Finalmente, el 29 de mayo de 1845, don Joaquín Enríquez de Navarra y Galiano, tomaba posesión de su cargo de agregado en la embajada de España ante Su Santidad; había empleado en el viaje 22 días y casi 2.000 reales de su propio peculio.

 

3. OPINIÓN DE SUS SUPERIORES RESPECTO A SU LABOR

 

Enríquez de Navarra permaneció en la Ciudad Eterna desde finales de mayo de 1845 hasta abril de 1850. En dicho período tuvieron lugar acontecimientos de relevancia. A raíz de los procesos revolucionarios de 1848, el Papa Pío IX se vio obligado a abandonar su palacio para buscar refugio en la embajada de España, con cuya ayuda pudo llegar hasta Gaeta, donde, el 30 de marzo de 1849, las potencias católicas acordaron el auxilio que debía prestarse al Pontífice. También se negoció el Concordato de España con la Santa Sede, firmado en octubre de 1851 cuando ya el diplomático almanseño había abandonado la legación.

La opinión de los embajadores respecto a su trabajo y dedicación resulta bastante elogiosa; en septiembre de 1847, don José del Castillo escribía al Primer Secretario de Estado poniendo de manifiesto sus cualidades y solicitando su promoción a agregado con sueldo: “...ha servido ya sin sueldo más de dos años, trabajando asidua y extremadamente en todo este tiempo a plena satisfacción mía. Cualquier elogio que se hiciera de él sería corto; me bastará decir a V.E. que puede ser modelo de jóvenes empleados por su capacidad, por su reserva, por sus irreprensibles costumbres y buenos modales, y por su docilidad; y laboriosidad incansable. Aficionado a él por todas estas prendas, le he tratado y trato como a un agregado con sueldo, dándole mi mesa como a los demás de esta clase...”.

El 12 de marzo de 1850, don Joaquín Enríquez de Navarra, que continuaba en la misma situación administrativa, solicitaba cuatro meses de licencia para regresar a España, pues, “...hallándose cinco años consecutivos ausente de su patria, necesita regresar a ella para restablecer su salud...”; petición que fue avalada por el propio embajador Francisco Martínez de la Rosa (el célebre literato), que no dudó en recomendar encarecidamente su persona al Primer Secretario de Estado “...por su buena conducta y aplicación...”.

 

 

 

4. SU NOMBRAMIENTO DE AGREGADO A LA LEGACIÓN ESPAÑOLA EN WASHINGTON

 

Una vez recuperado de sus dolencias, Enríquez de Navarra fue nombrado agregado diplomático a la embajada de España en los Estados Unidos. Teniendo en cuenta que habían corrido por su cuenta los viajes de ida y vuelta a Roma, así como su estancia en aquélla durante cinco años, el 13 de agosto de 1850, solicitaba “...una habilitación de viage en atención de lo largo y costoso del que va a emprender...”. A pesar de que la ley de presupuestos había suprimido la ayuda de costa que se daba a los agregados para el primer viaje a su destino, a la vista  de su expediente personal se le entregaron 6.810 reales de vellón con cargo al capítulo de pagos reservados. El 4 de octubre de 1850, tomaba posesión como agregado de número en la legación española en Washington.

 

   

 

 

5. SU ASCENSO A SEGUNDO SECRETARIO. DIFÍCILES RELACIONES ENTRE ESPAÑA Y LOS ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA

 

El 11 de agosto de 1851, don Joaquín Enríquez era designado secretario de la legación que España acababa de abrir en las Repúblicas de Costa Rica y Nicaragua, con un sueldo anual de 18.000 reales, y una ayuda de viaje de 6.037,5 reales, correspondiente a las 703 leguas marítimas y 51 terrestres que debía recorrer para incorporarse a su nuevo destino.

No obstante, el 8 de septiembre, desde Nueva York, el embajador español, don Antonio Calderón de la Barca, escribía confidencialmente al Marqués de Miraflores pidiéndole que dicho nombramiento quedase sin efecto y se promoviese al diplomático almanseño a segundo secretario de la embajada de Washington: “...he sido ayudado con eficaz zelo y constante aplicación por el agregado de esta Legación Don Joaquín Enríquez, de cuya inteligencia y excelente comportamiento estoy muy satisfecho. Por eso, aunque le veo con gusto ascendido a Secretario de Legación en Nicaragua, siento su traslación. Los negocios se han de aumentar aquí y para poder hacer frente a ellos es preciso tenga a la mano quien conozca los antecedentes. Yo no me acuerdo haber solicitado durante el tiempo que sirvo nada para mí, porque en realidad nada deseo sino la aprobación de S.M. y de V.E, y por eso espero que V.E., a ser tal cosa posible, no me privará de los servicios de ese joven. Puede quedarse aquí de Segundo Secretario para que no pierda ese merecido ascenso, y más tarde, cuando cesen los muchos quehaceres, ser trasladado a otra parte...”

 

 

Dicha solicitud fue atendida, por lo que, con fecha 30 de septiembre de 1851, la reina nombraba a Enríquez de Navarra Segundo Secretario de la Embajada española en Washington con un sueldo anual de 15.000 reales.

Las relaciones entre España y Estados Unidos no atravesaban precisamente por buenos momentos. En 1845 el vicepresidente norteamericano se había atrevido a brindar por la anexión de Cuba a la Unión. En 1848, el general Narváez y el ministro de Estado marqués de Pindal rechazaban la oferta del ministro norteamericano Sanders de comprar la isla por cien millones de duros. En 1850, la condena a muerte y el fusilamiento de algunos separatistas, tras sendos intentos de desembarco frustrados, motivaron que los comercios y el consulado españoles de Nueva Orleáns fueran asaltados por las turbas. El gobierno español declaró que no quería la guerra, pero que la prefería a la deshonra, por lo que reclamó de los Estados Unidos la reparación de la ofensa, recibiendo amplias y explícitas satisfacciones el 13 de noviembre. Dispuestas a evitar una guerra que se veía venir, Francia e Inglaterra redactaron un acuerdo por el que renunciaban a apoderarse de Cuba, al que invitaron a adherirse a los Estados Unidos. Si bien el convenio se firmó el 25 de abril de 1852, el presidente norteamericano se negó a ratificarlo. En 1853, el presidente Piercer reiteraba en un discurso la necesidad de adquirir Cuba, y en 1854 enviaba a Madrid al senador Soulé con una proposición de compra que fue rechazada unánimemente por las Cortes. Tras un nuevo e infructuoso intento de adquisición por parte del presidente Buchanam en 1858, la Guerra de Secesión vendría a imponer un breve paréntesis en los intentos de los Estados Unidos por hacerse con las últimas posesiones españolas en América.

   

6. NAUFRAGIO EN LOS CAYOS DE FLORIDA. NOMBRAMIENTO DE CABALLERO DE LA REAL ORDEN DE CARLOS III

 

Enríquez de Navarra tuvo cierto protagonismo en alguno de estos acontecimientos. En diciembre de 1851, emprendía viaje desde Washington a La Habana con “...pliegos importantes para el Capitán General de la Isla de Cuba...”.

En Charleston, por avería en las máquinas del vapor Isabel, se vio obligado a embarcarse en una goleta que naufragó en los cayos de Florida, sin que, afortunadamente, hubiese víctimas. El propio embajador se enteraba de la noticia por la prensa norteamericana, de la que dio traslado, con fecha 15 de diciembre, al Primer Secretario de Estado: “...hoy tengo el sentimiento de anunciar a V. E. con referencia a un periódico que a la vista tengo, que la goleta Merchant ha naufragado en los cayos meridionales de la Florida, salvándose al parecer por fortuna todos los pasageros, la tripulación y las balijas de la correspondencia...”. El 4 de enero de 1852, desde Palacio, se daba acuse de recibo de dicha información: “...en medio del sentimiento que ha producido la noticia de esta desgracia, se ha celebrado el que se haya salvado del naufragio el referido apreciable joven Señor Henríquez de Navarra...”.

El 6 de abril de 1852, don Joaquín Enríquez de Navarra y Galiano, en correspondencia a sus méritos, era distinguido con la Cruz de Caballero de la Real Orden de Carlos III: “...teniendo en cuenta la Reina, Nuestra Señora, las recomendables circunstancias que concurren en V., y los Servicios que en diferentes ocasiones ha prestado, con motivo de lo sobrecargada que se halla de trabajo esa Legación, y muy particularmente el mérito que contrajo en el naufragio que sufrió, conduciendo pliegos desde Charleston a La Habana, se ha dignado agraciar a V., por Decreto de ayer, con la Cruz de Caballero de la Real y distinguida orden de Carlos IIIº...”.

   

 

7. REGRESO A ESPAÑA

 

El clima de Washington acabó haciendo mella en la ya resentida salud del joven Enríquez de Navarra que, a primeros de 1854, pidió su traslado a la Península, siéndole concedido el 9 de febrero. Un mes después, todavía permanecía en la capital norteamericana convaleciente de una pulmonía, motivo por el que el embajador, don José María Magallón, se dirigía al Primer Secretario de Estado comunicándole que emprendería viaje de regreso a la Corte tan pronto como estuviese restablecido: “...he tenido la honra de enterarme de la Real Orden  de 9 de febrero último, por la cual la Reina Nuestra Señora, atendiendo al mal estado de la salud de Don Joaquín Enríquez de Navarra, Segundo Secretario de esta Legación, se ha servido disponer que pase a continuar sus servicios en esa Corte. Hallándose convaleciente y todavía muy débil dicho Señor Enríquez de una pulmonía que estaba padeciendo al recibo de la citada carta, me ruega manifieste a V. E. en su nombre que tan luego como su salud se lo permita, se apremiará a dar cumplimiento a la mencionada soberana disposición....”.

El 3 de junio de 1854, Enríquez de Navarra ya se encontraba en Madrid. Su equipaje, dos cajas conteniendo ropa y libros, había quedado en Liverpool a la espera de ser remitido al puerto de Alicante y su posterior envío a la Corte, donde se efectuaría su reconocimiento de acuerdo a la franquicia correspondiente al Cuerpo Diplomático. A pesar de que el 23 de junio se le concedían dos meses de licencia con sueldo para trasladarse hasta Alicante, donde pensaba recuperarse, no pudo disfrutarlos, por lo que, a finales de agosto, solicitó otros cuatro que le fueron concedidos el 28 de agosto: “...La Reina Nuestra Señora, accediendo a la instancia de V. se ha dignado concederle cuatro meses de licencia con todo su sueldo para que pueda trasladarse a Almansa con objeto de atender al restablecimiento de su salud...”.

   

 

8. MUERTE EN ALMANSA

 

No obstante, no sería aquél precisamente el mejor momento para regresar a nuestra ciudad. Durante el verano de 1854, el cólera había llegado a la costa mediterránea por vía marítima, penetrando hacia el interior peninsular a través de los valles de los ríos Cáñolas y Vinalopó; el 20 de agosto se declaraba la epidemia en Villena, poco después llegaba a Almansa, y el 31 de agosto se producía la primera muerte en Alpera. Pese a que don Joaquín Enríquez de Navarra se recluyó en la Casa de Don Martín, finca próxima al Santuario de Nuestra Señora de Belén, apenas unas semanas después de su llegada fallecía de dicha enfermedad, a los 35 años de edad, siendo sepultado en el panteón familiar el 27 de septiembre de 1854, según certifica el párroco de la Asunción:

“Como cura propio de Santa María de la Asunción de esta Ciudad de Almansa, a 27 de Septiembre de mil ochocientos cincuenta y cuatro, Mandé dar sepultura eclesiástica en el Campo Santo y Panteón que su familia tiene en el mismo, a el cadáver de Don Joaquín Enríquez de Navarra y Galiano, Caballero de la Orden de Carlos III, Secretario de la Legación de España en los Estado Unidos de América, hijo de Don José Enríquez de Navarra y de Doña Ana María Galiano y González. Falleció en la Casa denominada de Don Martín, ynmediata a el Santuario de Nuestra Señora de Belén, término de esta Ciudad. No testó; su enfermedad, del cólera. Recibió el Santo Sacramento de la Penitencia; y para que conste lo firmé. Gabriel López Vallejo”. De esta manera, trágica y cruel, quedaba truncada la prometedora carrera de este joven diplomático almanseño.

 

FUENTES

Archivo de la Casa Enríquez de Navarra en Almansa.

Archivo del Ministerio de Asuntos Exteriores (antiguo Ministerio de Estado); Sección de Expedientes de Diplomáticos españoles.

 

FOTOGRAFÍA

José Cantos Lorente.

 

 

 

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