LA VICTORIA DE ALMANSA

25 DE ABRIL, 1707

(REPORTAJE DE UN ERMITAÑO)

 

Por CARLOS MARTÍNEZ DE CAMPOS, DUQUE DE LA TORRE

 

Publicado en el "Boletín de la Real Academia de la Historia", Tomo CLIX, Cuaderno I, PP. 101-115. Madrid, 1966.

 

ADVERTENCIA PREVIA :

 

Este artículo carece del más mínimo rigor histórico, ya que el manuscrito del que se habla en él incurre en errores apreciables y uno de ellos fundamental, como es el de confundir la ermita del Salvador (actual San Blas) con la de Santiago el Viejo, que fue la que en realidad estuvo en torno al camino de los Santos Médicos. Ésta y otras razones apuntan a una deficiente trascripción o, incluso, a una falsificación realizada en fecha bastante posterior a la de la batalla, tal vez en el siglo XX; pese a ello, lo incluimos, exclusivamente, por su carácter de documento curioso.

 

 

Un escritor de cuyo nombre y cuyo tiempo no consigo hacer memoria, ha insinuado la conveniencia de ajustar el modo de historiar a cada nueva generación humana. Y es que la manera de sentir ─de interpretar incluso─ evoluciona con rapidez. Los años modifican la sintaxis o inducen a abandono de expresiones muy corrientes. Lo leído al comenzar el siglo nuestro, nos parece, releído en nuestros días, enmohecido o mejorado. Hay matices que no gustan y otros que se admiran. Toda obra cambia de valor: se convierte en clásica o pasa de moda. Se olvida o se reproduce, sin que puedan comprenderse las razones del efecto originado por el tiempo, ni las del juicio de una masa posterior.

La crónica y las fuentes son materia inmutable. Ejemplo extraordinario: el de "Los Evangelios". Casos corrientes: las memorias que aparece cada día sobre un hecho al parecer bien historiado, mas que inducen a olvidar algún detalle o a aclarar una visión dudosa. El documento recién hallado nos permite siempre confirmar, ampliar o mejorar las descripciones anteriores; da lugar a pinceladas que detallan las figuras o los hechos bosquejados previamente. Los episodios, en efecto, suelen ser polifacéticos, y toda mutación de alguna fase puede dar más interés al cuadro o encauzar ese interés hacia otra fase inesperada. Pero hay descubrimientos que, sin variar matices, permiten, al que lee pausadamente revivir lo conocido con más calma o con mayor detenimiento y esto sucede en relación al muy curioso documento que motiva esta noticia.

El asunto se refiere a "Almansa": la gran batalla habida al pie de su castillo, en la llanura abierta hacia Levante.

Entraba el año 1707. El Duque de Berwick, hijo de Arabela Churchill (hermana de Marlborough) y del Duque de York (futuro rey, Jacobo II de Inglaterra), había logrado, muy torpemente, que el Archiduque Carlos de Austria, pretendiente a la corona que ya estaba en manos de Felipe "el Animoso", se retirara de Madrid hacia la zona de Valencia. Pero el Marqués de las Minas, jefe del ejército austro-luso-británico, comenzando a reaccionar, regresaba desde Játiva hacia Fuentes de la Higuera, para seguir después su avance y enfrentarse con las fuerzas franco-españolas del ya citado Mariscal de Berwick.

Los adversarios se encontraron en Almansa. Las huestes borbónicas (de España y Francia) se dispusieron en dos líneas paralelas, que apoyaban su derecha contra el cerro titulado de San Cristóbal. Antonio del Valle y el caballero D'Asfeldt a la derecha, y Labarre y San Egidío al otro flanco. Enfrente, el Marqués de las Minas desplegó sobre la marcha, a medida que las fuerzas del titulado rey Carlos III desembocaban en la llanura por el camino de Caudete. Con sus portugueses (mandados por Mascarenhas y Atalaya), él se situó a la izquierda (frente a D'Asfeldt), y encargó de la derecha al británico Lord Galloway (que había estado desde -un principio al frente de los ingleses).

Lo que pasó después, nos lo refieren Bacallar y Sana, el Conde de Clonard, William Coxe, el propio Berwick, Almirante y muchos otros. Nos lo explican, todos ellos, describiendo las maniobras realizadas y los efectos conseguidos por los varios generales que participaron en la refriega. Nos dan, éstos y aquéllos, idea perfecta de cómo se batieron los ejércitos; nos describen cómo el Mariscal británico, jefe de las fuerzas franco-españolas de Felipe V, logró encerrar o acorralar a los ingleses, a los austriacos y a los portugueses, que, victoriosos al principio, se internaron más de lo preciso por entre las filas del ejército borbónico; y nos refieren, finalmente, de qué modo se hizo la persecución definitiva. Pero, a pesar de todo, ninguno proporciona una impresión de cuanto sucedió en Almansa el 25 del mes de abril del año antes citado, tan intensa ─siquiera restringida en espacio y tiempo─ como la proporcionada por el viejo ermitaño que escribió el curioso documento cuya copia aquí se reproduce; documento que fue -hallado, no hace mucho, en ciertas excavaciones realizadas con intención ajena a detallar el episodio bélico en cuestión.

El frailuco se titula "limosnero de la Ermita de El Salvador", que está situada ─según los comentarios del que transcribe o descubrió la crónica─ a tiro de bala de las últimas casas de la villa (de Almansa); un caserío agregado, como polluelo bajo llueca, a las faldas del castillo roquero, fortaleza antiquísima de la que fue su último fondatario el intrigante e inquieto Infante Juan Miguel, marqués de Villena.

Dicho ermitorio se hallaba enclavado en el cruce de los caminos llamados hoy (o sea "entonces") de "Los Santos Médicos" y de "La Huerta". Posteriormente, también estuvo allí el primitivo Convento de Frailes Franciscanos, en el que es fama vivió algún tiempo San Pascual Bailón; pero los avatares del tiempo y las revoluciones de los hombres lo demolieran.

Datos son, los anteriores, tomados del documento presentado por quien halló y ─sin duda─ actualizó el original; documento que, ahora, pertenece a los Duques de Alba, a quienes debo agradecer esta ocasión de presentar a la Academia de la Historia la memoria escrita por el fraile a que antes hice referencia, y que se halla redactada como sigue:

"Tiempos estamos pasando de escasos y penuria, por lo que menguadas que son las limosnas. Antes de que el gobernador de la vecina Villa de Ayora, cuyo pueblo y castillo fueron tomados ya por los ejércitos del "pretendiente", requiriese para que los vecinos de Almansa. prestaran obediencia a Carlos III, y haber contestado éstos por carta diciendo que la villa se mantendría en la noble resolución de defenderse para guardar la lealtad jurada al rey Felipe V, (sucedía) que la vida, aunque no próspera, sí que era holgada, ya que el pan de trigo valía a cuatro maravedises las quince onzas y la libra de carne de cordero a diez, pudiendo, los adinerados, satisfacer el gusto de comprar un par de perdices por real y medio. Pero desde aquel punto y hora, comenzamos a sufrir los ataques de los sediciosos, que saquearon las labores y robaron los ganados, por lo que habemos de padecer (ahora) la más espantosa miseria, . y no obstante los vecinos no dejan de poner sus patrimonios, su actividad y su vida al servicio de la causa del Rey legítimo.

"No nos quejamos de esta penuria. ¡Líbrenos Dios de ello! Antes bien y resignadamente, confiamos en Su misericordia. Más pobres que el "hermanico" son las aves del cielo y los lirios de los valles, y El los asiste con prodigalidad...

"Limosneando por la villa, donde nos socorren en las poderosas casas de los Enríquez de Navarra, de los Casa Galiano, de los Ochoa y otros, hemos sabido que el Ayuntamiento recibió carta del Excelentísimo Señor Duque de Berwick, general de S. M., comunicando la posibilidad de tener que ser en los parajes de este pueblo donde se dirima la contienda y se libre la batalla, y pidiendo se den las provisiones y (tomen las) providencias necesarias para si el caso llegase.

"Casi no quedan hombres. Todos los viejos marcharon a engrosar las huestes leales, y en la población no moran más que algunas de sus Autoridades mujeres, ancianos y niños. En la Iglesia Nueva (cuya fábrica por fin se terminó ─¡Dios sea loado!─, repartiendo a dos reales y medio por cada vecino para el pago de la piedra), se hacen rogativas a la Virgen Patrona, en petición de salir con bien en la lucha que a todas luces se nos viene encima.

"¡La guerra! Qué cosa más horrible. Dios pide la paz entre los hombres; pero ellos, en su ingratitud, orgullo y ansia de dominación, desencadenan las iras del Altísimo, al par que las furias del averno. Riñen y se aniquilan por apetencias terrenas, olvidándose de las enseñanzas redentoras y sin hacer memoria de que las glorias del mundo son fugaces y pasajeras. No parece sino que la ingratitud sea ley por la que se rigen las almas. Adán fue ingrato con su Creador, Eva lo fue con Adán, Caín con Eva, y así hasta nosotros que lo somos en concatenación de ingratitudes infinitas...

"El día 25 de abril de este año de gracia (o de desgracia, que eso sólo Dios lo sabe) amaneció radiante, esplendoroso. La primavera, con savia de renovación vital, hizo brotar ya flores en almendros y en manzanos. Los sembrados semejan, en su verdor brillante, mar rizado por bland9 oleaje a impulsos de un céfiro cálido. El Sol, vivificante, alzábase por tras los montes que cierran el horizonte, mandando a. la tierra rayos de luz y dorando con ellos las piedras milenarias del Castillo; y un himno de gracias se alzaba en emanaciones campestres hacia el Sumo Hacedor del Universo, que lo rige y manda. Cantaban los pájaros...; mas los hombres, ajenos a tanta hermosura, se disponían a cabalgar feroces sobre las cuatro Bestias del Apocalipsis.

"En todo el llano que limitan los montes de las sierras de Enguera, Yecla y Caudete, notábase, desde primera hora, general inquietud; observándose movimientos de tropas tomando posiciones. De un lado, infantes, escalonando guerrillas, y, de otro, (artilleros) emplazando baterías. La caballería caracoleaba, ejecutando evoluciones; y la luz solar ponía deslumbres de plata en alabardas, picas y sables. Flameaban las banderas, cuajadas de leones y (de) lises.

"Todo el terreno se veía ocupado por miles y miles de soldados vistiendo variados uniformes, pues los había no sólo españoles, sino también franceses en batallones de infantes, y, en escuadrones de caballería, irlandeses, dragones y guardias de corps. Aquella bella estampa, porque atrayente belleza ofrecía en realidad, se preparaba a destrozar y a ser destrozada por otros hombres hermanos, diferenciados sólo por (sus) casacas inglesas, portuguesas, holandesas e italianas, formando el ejército imperial, que se avecinaba. Marte, olímpico dios de la guerra, dejaba sentir su fatídico influjo sobre los propios campos de Almansa, donde, en otra florida primavera del año 1233, don Jaime el Conquistador, "primero" de Aragón, derrotó a los sarracenos, hijos de la "media luna".

"Estando el ejército leal a Felipe V sobre las armas, se dejó ver la vanguardia de las fuerzas del "Pretendiente", Archiduque Carlos, a las once de la mañana, y a las dos de la tarde tenía su gente en batalló en» las alturas de Almansa. El primero, mandado por el inglés Mariscal Duque de Berwick, y el segundo, por sus generales, el portugués Marqués de las Minas y el inglés Milord Galloway. Comenzó a tronar la artillería de una y otra parte, y al poco tiempo el fragor horrísono de lucha invadía el llano. Estampidos de fuego, choques de armas, ayes, gritos e imprecaciones; densas nubes de luz roja de la pólvora y de polvo levantadas por los cascos de la caballería en atroces cargas; imponentes matanzas; ríos desangre entre infantes y corceles en aquelarre mescolanza; escenas dantescas, cientos de cuerpos cruzados a bayonetazos, cabezas y miembros cercenados; la tierra temblaba y los montes cercanos acrecentaban con. su eco las flamígeras voces de tan cruenta carnicería.

"Fuerzas portuguesas atacaron una batería leal emplazada-en el cerro de San Cristóbal, sin lograr su objetivo, mas sí sembrando desconcierto en las avanzadas de la primera línea española, la que se -hizo fuerte, logrando rechazar a su enemigo, si bien dejando el campo sembrado de cadáveres. "En pocas horas de angustia mortal, vi escenas macabras de feroz ensañamiento y también otras de exaltado patriotismo y heroicidad sublime. Oyeron mis oídos plegarias a Dios e impías blasfemias en confusión de lenguas, como nueva Babel. Me cruzó (entonces) una visión que me hizo ver pasar por el cielo azul la figura nimbada del Evangelista "San Marcos", jinete en caballo blanco, arengando a las huestes leales. Contemplé alzarse majestuosa, vibrante, de entre un montón de soldados caídos, a una figura gigantesca, mal cubierta por casaca hecha jirones, levantando en su mano izquierda un gran Crucifijo, mientras con la derecha, el sable que empuñaba, pasaba a cuchillo a cuantos contrarios se le ponían delante; y vi, horrorizado, cómo un buen piadoso vecino de la Villa, llamado Antón Gil, dueño del molino al que (yo) acudía de vez en cuando para recibir alguna harina de limosna, cómo en exaltación heroica, derribaba de su cabalgadura a un soldado inglés y (lo) remataba en el suelo a golpes de hacha; y vi cómo, recogiendo del campo de batalla una alabarda, el gorro de su víctima y la gualdrapa de su caballo, salía con sus trofeos corriendo hacia la población gritando ensoberbecido: "¡Hemos ganado, hemos ganado; viva la Virgen de Belén!" Y... no vi más (de la batalla) porque marché tras Antón deseoso de llevar también a los vecinos de la Villa la noticia feliz de la victoria.

"Las calles del pueblo, hasta llegar a la Iglesia Nueva, estaban desiertas. En cambio, la amplia nave del templo, llena de gente, postrada de rodillas, con el Santísimo expuesto, entonando plegarias al Dios de los ejércitos.

"Antón Gil, con la gualdrapa del caballo sobre los hombros a guisa de capa, en una mano la "mitra" del soldado inglés, y con la otra alzando la alabarda, penetró en la iglesia, repitiendo el mismo grito que. en el campo de batalla: '¡Victoria, victoria! ¡¡Viva la Virgen de Belén!!" Un clamoreo general de enardecido entusiasmo acogió el vítor a la Virgen con la noticia del triunfo, y las autoridades de la Villa que se encontraban (en el) baptisterio del santo lugar, los Capitulares don Nicolás Ochoa, don Francisco Galiano Spucha, don Luis Rodríguez de Navarra, don Francisco Casa Galiano, don Antonio Moreno y otros señores principales, le pidieron noticias concretas, no acertando Antón Gil a decir otra cosa sino que se acababa de ganar la batalla, y que en testimonio de ello prometía a la Virgen Santísima, bajo solemne juramento, vestir aquel "uniforme", tanto él como sus descendientes, y que en las procesiones de la Virgen Patrona precedería a la imagen gritando: "¡Viva la Virgen de Belén!" El vecindario ahí congregado repitió fervorosamente el vítor, (pero) añadiendo: "¡Y el Niñico también!" Fueron momentos de sublime emoción, que acrecentáronse con la llegada del campo de batalla de otros soldados almancinos corroborando la victoria.

"Al declinar la tarde, fueron echadas a vuelo las campanas de la torre. Los señores regidores mandaron encender faroles y, alumbrados por ellos, salimos hacia el campo donde había tenido lugar la terrible lucha, con el fin de socorrer a los heridos y comenzar a cavar fosas y dar tierra a los muertos. Desde las puertas de la Villa se oían aún las lejanas descargas, percibiéndose, a la luz de los disparos, a la caballería del Marqués de las Minas, completamente desorganizada, huyendo al galope, perseguida por las fuerzas del Mariscal de Berwick. Toda la infantería enemiga con sus banderas (había sido) aniquilada o hecha prisionera; y cerraba ya la noche cuando los fugitivos lograban llegar a las alturas de Caudete...

"Muchos cuerpos enterré y muchos heridos auxilié durante toda aquella noche y los siguientes días. El comportamiento del vecindario fue verdaderamente abnegado, realizando acciones sublimes de piedad y caridad cristianas y grandes sacrificios de todo orden. La Villa habilitó edificios para hospitales, entregando cientos de colchones y jergones, ás de 600 mantas, todo el lienzo necesario, que no fue poco, para hilas y vendas, 400 escudillas, 600 barriles, vino, pan, carne y la gente necesaria para dar sepultura a los muertos. "Entre el sinnúmero de heridos que atendí, hubo uno al que por su estado, a mi parecer grave, no quise trasladar al pueblo y le albergué en la ermita de "El Salvador", acomodándole en mi humilde celda para mejor atenderle. Dios quiso que se salvase, después de pasar unos días entré la vida y la muerte; y por él conocí, tanto los orígenes de la guerra, como los pormenores de la batalla, pues había caído herido en los últimos momentos de la refriega, cuando ya el enemigo huía a la desbandada hacia Fuente la Higuera, Yecla y Caudete.

"Era español y brigadier.. Se llamaba don Fernando Ponce Ruiz, nacido en Avila, buen cristiano e hidalgo caballero por los cuatro costados. Sufrió resignadamente las curas que hice de sus heridas, que eran dos: un gran tajo en la cabeza y un golpe contundente de alabarda que le fracturó la pierna derecha. Cuando le pasó la congestión cerebral que le había hecho perder el conocimiento y pudo hablar, me agradeció cumplidamente mis cuidados, dándome sus nombres y circunstancias. Desde 1701, formaba parte del ejército (del Duque) de Orleáns, habiendo hecho la campaña de los Países Bajos, pasando después a España entre el séquito de la Princesa de los Ursinos, con el grado de brigadier, en el regimiento de- Orleáns. Tenía fácil y agradable conversar, no sintiendo otros deseos que los de narrarme ─cuando la calentura lo remetía─ sus andanzas militares, ya que tenía en gran aprecio el ejercicio de las armas.

"En buen berengenal metió a medio mundo nuestro muy amado Rey Carlos II -comenzó a decirme (en) la noche siguiente a la batalla-, partiendo a mejor vida sin dejarle sucesión a la corona, pues despertáronse con ello las apetencias de varias naciones al (nuestro) trono. Pretendieron la herencia el Duque de Bayona (?) y Pedro II de Portugal, para ellos mismos, y Luis XIV, el Emperador Leopoldo y el Elector de Baviera, Maximiliano Manuel, para sus hijos y descendientes. El Monarca francés apoya sus pretensiones en los derechos de su esposa, María Teresa, hermana mayor de Carlos II, no pensando en la unión de las dos coronas, sino en la ocupación del trono por su nieto Felipe de Anjou, a quien (el Rey) nombró heredero poco antes de morir. El Emperador Leopoldo 1 basa sus deseos austríacos en la renuncia de su hija María Antonia, hija a su vez de la Infanta Margarita, hermana por doble vínculo de Carlos II, la que no había renunciado al trono español (según hizo María Teresa), y (que) por extinción de la rama varonil fue primogénita de la Casa de Austria, presentando la. candidatura de su hijo Carlos, habido con su tercera esposa, hermana de la Reina de España.

"El nieto de Luis XIV tomó posesión de la corona española con el nombre de Felipe V, y la Casa de Austria formó contra Francia, su secular enemiga, la Gran Liga de la Haya, en la que tomaron parte Inglaterra, Holanda, Portugal, el Duque de Saboya y el Elector de Brandeburgo.

"Todo este galimatías nos trajo la dichosa Guerra de Sucesión, que ha tenido por teatro de operaciones los Países Bajos, Italia, el Rin, el mar y España. Comenzó hace ya seis años, pero no creo que con esta batallita de Almansa se aboque a su inmediato fin.

"Cuando el brigadier tan hablador llegó a este punto, noté en su excitación ─nos dice el fraile haberle subido la fiebre, por lo que, tras recomendarle silencio y quietud, soplé el velón, saliendo de la sala, para que pudiera dormir y descansar. Y como no requería por entonces el estado físico del herido mayores cuidados, cuando le observé dormido, marché a la Villa, en la que tuve ocasión de conocer cuanto a seguido relato:

"El día 26 había llegado el Señor Duque de Orleáns, que el 22 salió de la Corte, experimentando Su Alteza un gran placer en saber que el Mariscal pernoctaba en el pueblo y en la confirmación de la gran victoria obtenida sobre el ejército aliado, aunque llegó a marchas forzadas deseoso de dirigir la lucha. En la casa─palacio del Conde de Antillón, donde Berwick se alojaba, lo abrazó delante de todos, manifestando estar tan agradecido y satisfecho como si su propia persona hubiese alcanzado el triunfo.

"Después de informado detalladamente sobre lo acontecido y pareciéndole que su presencia no era necesaria estando el Mariscal, resolvió dejarlo para que lograse alcanzar enteramente los frutos de éxito y la gloria de sus altos méritos, pasando S. A. R. a mandar las armas que habían de entrar por Aragón.

"El Duque de Berwick, con anuencia del de Orleáns, había entregado al Cabildo las seis primeras banderas cogidas en la batalla, con que servía honrar a la Villa, en memoria de la gloriosa victoria conseguida por. las armas católicas, enseñas que. se colocaron al lado del Altar Mayor de la Iglesia Nueva. Estas (banderas) eran de Alemania, Portugal, Holañda e Inglaterra, y todo el vecindario desfilaba ante los gloriosos trofeos teñidos de sangre y hechos jirones, que así quedaron tras la lucha.

"Don Juan Ramírez de Arellano, capitán del regimiento de Ordenes viejo, había traído herido y prisionero a Milord Galloway, general del ejército del Austria. Al brigadier Marqués de Palastrón se le halló muerto, abrazado a una bandera tomada al enemigo. En uno de los hospitales provinciales estaban siendo atendidos el Duque de Sarno y el Marqués de Santelmo, ambos pertenecientes a la compañía de Guardias de Corps napolitana. En los puestos de socorro que se habían podido establecer, y en casi todas las viviendas particulares, eran curados los heridos, sin hacer en ello distinción de nacionalidades. Los atendidos de nuestro ejército pasaban de 800, y, de éstos, la mayor parte procedían de los regimientos de Modoy, Ollerón y La Corona, que fueron las brigadas que se vieron precisadas a ceder a las primeras embestidas de los aliados. Las mujeres de la Villa se multiplicaban, no sólo en hacer hilas y vendajes, sino también atendiendo solícitas a los heridos."En la espesura de los montes, los paisanos recogieron hasta 120 piezas de artillería que el Marqués de las Minas había traído a la batalla. También se tenían recogidas 137 banderas y estandartes del Archiduque, las que habían sido llevadas, menos las seis que quedaron en la Iglesia, a Madrid, por el general Conde de Pinto. Sobre el Marqués de las Minas corrían rumores de haber muerto despeñado muy cerca de Fuente de la Higuera; pero a la madrugada, cuando yo salí del pueblo hacia la Ermita, no se tenía confirmación oficial de ello.

"Camino de "El Salvador" iba pensando que bien merecía Almansa gozar en adelante de honras, honores y preeminencias por su lealtad intachable y haber sufrido tanto en las haciendas de su término y en la vida de sus vecinos, manteniéndose en fidelidad hasta el punto que, agotados sus recursos, hubo de tomar prestado para los gastos de defensa los granos de pan y cebada que tenían don Miguel Catalá, de la Orden de Montesa, y don Alfonso Ruiz de Alarcón.

"Por todo el llano resonaban los golpes de azada cavando zanjas en las que eran sepultados los cadáveres, resultando éstos, tantos que ya el ambiente se hacía fétido. En la cripta de la Iglesia Vieja, situada en la subida del Castillo, se enterraron los cuerpos de los jefes hallados sin vida. Desde las faldas del Castillo, dónde su Alcaide, don Luis Enríquez de Navarra, hizo clavar las banderas del Rey, mucha gente observaba el estado calamitoso del campo que había sido teatro de la lucha.

"Cuando llegué a la Ermita, el brigadier don Fernando aún no había despertado, lo que demostraba que su estado revestía franca mejoría, toda vez que por las muestras pasó la noche en un sueño. Le renové las curas, pues desde la tarde anterior no lo había hecho, haciéndole después tomar algo de alimento, mientras yo hacía lo propio, dado el caso de que no lo había verificado desde hacía muchas horas. (Entonces) el brigadier volvió a pegar la hebra en el punto que la dejó la noche anterior.

"Ahora acabarán de conocer lo que es el Mariscal de Berwick. Había que verlo proveer las contingencias, mandar y cargar con los cuatro batallones de la brigada Humayne, arrollando a la, infantería enemiga y dando lugar con ello a que se rehiciese nuestra ala derecha, lo que pronto [dio lugar a que el citado Mariscal (sic!], con bayoneta calada, mezclándose con indecible valor entre ellos, y ordenando que cargaran a su vez los Guardias de Corps y cuatro escuadrones de caballería de nuestra primera y segunda línea, obligó a la caballería aliada a retirarse en precipitada fuga, dejando separada su infantería, la que no tuvo cuartel de nuestras tropas, siendo enteramente pasada a cuchillo. Nunca vi cosa igual, ni mejor concebida, ni mejor ejecutada, y cuidado que he presenciado grandes cosas en los años que llevo de hacer la guerra.

"Abundando en sus manifestaciones, díjele las muchas alabanzas que se hacían en la Villa sobre los méritos del Mariscal, y laa gran importancia que para el final de esta guerra tiene la victoria que logró en Almansa, según había oído comentar entre varios oficiales de los que presentaron sus respetos, en casa de Antillón, al Duque de Orleáns.

"En cuanto a sus heridas, podía estar tranquilo y dar gracias a Dios, toda vez que presentaban buen cariz; sólo la pierna entablillada le daría que hacer algunos días. Y en lo referente a su situación en la milicia debía tener tranquilidad, ya que los Regidores de la Villa habían tenido ya conocimiento de que permanecía atendido en la Ermita.

"Varios días transcurrieron entre mis idas a la Villa y vueltas a "El Salvador", atendiendo allá a cuanto se precisaba, que mucho era, dada la situación calamitosa por la escasez de alimentos, y que hubo que desplazar a Chinchilla a los prisioneros, por ser imposible darles de comer; y, en la Ermita, a don Fernando, el que habíame tomado tanto aprecio, que me abrió su corazón en confidencias que más tenían aire de confesiones. A tales bondades, hube de corresponder, por lo que él vino en conocimiento de que el "hermanico" de ahora tuvo estudios en su juventud, practicando de "físico", pero que, desengañado del mundo, hablase retirado de él, acogiéndose de ermitaño en penitencia y salvación del alma...

"Y ya casi finaba el mes de abril, cuando un día, mientras platicaba el brigadier, se dejaron oír golpes en la puerta de la Ermita. Era un soldado del regimiento de Ordenes viejo, que traía un pliego para mi herido huésped. Pas5 el militar para entregarlo en propia mano; y, después de recibido, el brigadier le interrogó sobre las novedades que hubiese en la Villa, informándonos de ellas.

"Cuando nuestra izquierda, estando a su frente el Mariscal, siguió cargando sobre la infantería (o sobre los infantes) de la derecha enemiga, obligándoles a bajar al plano, dieron con la caballería de nuestra derecha que les salió a cortar, y por esta caballería fueron. pasados a filo de espada. Como el enemigo en su huida había tomado las alturas de Caudete...

"Hasta este punto pude ver ─interrumpió don Fernando─, después ya nada, debido a los malditos golpes que encamado me tienen.

"El Mariscal -siguió el soldado- destacó al Caballero d’Asfeldt con veinte escuadrones, y llegando el día 26 donde habían quedado los demás de caballería, obligaron a nuestros enemigos a rendirse prisioneros de guerra, siendo su número de trece batallones (cinco ingleses, cinco holandeses y tres portugueses), que, con cinco generales, siete brigadieres y los oficiales correspondientes, fueron conducidos a nuestro campo.

"También el coronel don Juan Zaraceda fue destacado aquella noche, con otro menor cuerpo de caballería, y el mismo día 26 por la mañana halló en Fuente la Higuera todo el grueso del equipaje de los austríacos, que enteramente trajo a la Villa. Los paisanos de Villena, Yecla, Fuente la Higuera y Almansa, que igualmente hicieron salida, corrieron; todas las montañas hasta Játiva, dando muerte a cuantos se resistieron. Los de Chinchilla, Tabarra y Hellín y Jumilla también han participado en esta gran victoria. Se han rendido 7.000 soldados confederados, y las muertos que han tenido aquellas tropas se calculan en más de seis mil. Los heridos y muertos de nuestro ejército no llegan a 1.500.

"La carta que recibió don Fernando ─y ahora escribe el ermitaño─ procedía de la Princesa de los Ursinos, la que interesaba noticias sobre la salud. del brigadier. Ya las tenía ella del afortunado resultado de la batalla, por el Mariscal de Campo, Conde de Pinto, y por el brigadier don Francisco Ronquillo, que habían llevado la feliz nueva a S. M. el Rey. Se cantó un Te Deum en la Capilla Real, asistiendo SS. MM., y por la tarde pasó el Rey en público a dar las gracias a Nuestra Señora de Atocha, viéndose la Corte con el mayor aplauso y lucimiento que se pueda pensar. Se habían dispuesto tres noches de luminarias generales y muchos fuegos. La de Ursinos pedía al brigadier que sin pérdida de tiempo se pusiera en marcha hacia la Corte, donde la Serenísima Señora precisaba de él.

"Después de leer el pliego, don Fernando quedó del contenido satisfecho, hablando de su protectora con exaltado entusiasmo. Por cuanto dijo, deduje que la Princesa de los Ursinos era un tanto sagaz y que ejercía gran influencia sobre el Rey Felipe, habiendo conseguido con sus alientos sacar la regia voluntad de su natural apatía; que manejaba la del Soberano ajustándola a la suya, y que había sido enviada a España por el Monarca francés para servir los intereses galos. En fin, que a ella se debía principalmente la influencia de Francia en la Corte de España.

"Aquella misma tarde, tras de haber hecho las gestiones precisas con los regidores de la Villa y con el Caballero d’Asfeldt, comandante de la fuerza que en ella quedaba, salió don Fernando camino de Madrid. Desde la Ermita al pueblo, fue muy bien acondicionado en una acémila, y lo acompañé hasta los últimos instantes de su partida. El viaje lo hizo en compañía de otros oficiales que igualmente iban a la Corte. Grandes pruebas de agradecimiento y liberalidad recibí de él, y gracias a su mucha caridad y desprendimiento pudieron salir adelante algunas familias pobres de la Villa.

"El día 27 del siguiente julio llegaron a la Ermita de "El Salvador" sus postreras noticias comunicando encontrarse por completo restablecido, y adelantando que, por resolución de la Real Persona, se expedía cédula, (en que) atendiendo a su mucha gratitud y lealtad, así como al celo y buenos procederes de los hijos de Almansa, se venía en concederle el título de MUY NOBLE, MUY LEAL Y FIDELÍSIMA; que tenía ordenado S. M. la erección de un obelisco conmemorativo de la victoria, que tendría que ser emplazado en el lugar de la batalla; como asimismo (se) otorgaba a Almansa el derecho a ostentación y uso de escudo; y finalmente que en la voluntad real había el propósito de hacer construir en Madrid una iglesia (dedicada) al Evangelista San Marcos, en memoria a que en su día fue conseguido el triunfo de las armas leales españolas.

"(Y, con esto,) todo ha terminado. Otra vez solo en la Ermita, entregado a penitencias y a meditaciones sobre las grandezas vanas del mundo. El campo se ve desolado; en lontananza, sobre las rocas del "monte de Las Águilas", destácase la alta silueta del Castillo sobre el fondo azulado y transparente del cielo de la tarde, mudo testigo de las grandezas históricas de la heroica Villa de Almansa."

Lo que queda expuesto está de acuerdo con la realidad; está de acuerdo, al menos, con la idea que hoy se tiene de la batalla habida junto a Almansa, según la detallan nuestros historiadores. Nada se aprende en la "memoria" hallada que no figure en narraciones anteriores. Las maniobras que reporta el ermitaño ─o que a él han sido reportadas─ son las mismas que aparecen en los libros en que se habla de nuestra inútil y desgraciada "Guerra de Sucesión"; y las bajas concuerdan, más o menos, con las sufridas por los ejércitos que defendieron las encontradas causas de Felipe V y del Archiduque Carlos de Austria.

No obstante, el documento tiene interés. En las descripciones de contiendas, se prescinde casi siempre del ambiente. A fin de conocer, ambientes bélicos resulta necesario. acudir a libros en que un tanto de ficción impere. Pérez Galdós, Emilio Zola, León Tolstoi, Alfonso Danvila..., nos dan mejor idea de cómo se vivió en plena guerra carlista, batalla de Sedán, campañas napoleónicas y guerra de sucesión, que los autores cuyas obras se hallan destinadas a historiar ─de veras─ sobre los encuentros y campañas mencionadas. La retaguardia del combate, la angustia externa, el calor y el frío, el propio cansancio, los dolores y los "ayes", la muerte en condiciones increíbles..., son factores que influyen poco en los relatos militares.

El frailuco de la ermita no nos refiere en su "memoria" cómo murió la egregia dama que invariablemente acompañaba al Marqués de las Minas; no concreta de qué modo desplegaban los infantes y jinetes encargados del ataque, no explica cómo era el armamento utilizado, ni cómo la táctica seguida...; no nos habla de todo eso porque él no era soldado, y observó la gran batalla sin saber qué se tramaba en su interior; no nos dice nada de eso porque a él no corresponde ese "decírnoslo", y bien hace porque así nos cuenta solamente lo que sabe ─lo que él solo sabe─ con más alma y con el desnudo simplicismo de quien escribe sin preocuparse de lo ajeno o de lo que no comprende.

En cambio, el reportaje presentado nos da a conocer algo de ambiente: varios usos y costumbres de los pueblos españoles de la época tratada. Responde a cierta fase del folklorismo nacional que, recordada por testigos presenciales, nos ofrece, de la tremenda realidad de Almansa, una huella, no más profunda, pero acaso más verídica que otra cualquier imagen de la batalla de ese nombre.

 

 

Carlos Martínez de Campos, Duque de la Torre

 

 

 

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